«La Monarquía del Miedo» de Martha C. Nussbaum.

Dentro de todas las situaciones peligrosas y oprobiosas que estamos atravesando, una de las más graves es el intento de legitimar, mediante interpretaciones malintencionadas del Derecho Internacional y de los fundamentos de los Derechos Humanos, los crímenes internacionales cometidos por diversos Estados.

Apelar a la supuesta “legítima defensa preventiva” frente a amenazas hipotéticas para infundir miedo, o instrumentalizar de forma distorsionada el discurso de los Derechos Humanos para sostener que “alguien tenía que hacer algo” para convertir el miedo en herramienta política y en excusa, no solo resulta profundamente peligroso, sino también éticamente reprochable, tanto en el plano personal como en el profesional. Este tipo de argumentaciones no debería normalizarse, ni en el debate político ni en el ámbito académico.

Y no se trata de defender el Sistema Internacional sin cuestionarlo o no reconocer que el mismo Sistema ha facilitado relaciones de poder desiguales. Ser crítico del sistema internacional vigente es no solo válido, sino necesario. Sin embargo, esa crítica debe orientarse a proponer caminos e interpretaciones que nos conduzcan a estándares más altos de justicia y humanidad, que nos lleven a ser mucho mejores que aquellos que cometen genocidios y otros crímenes, bajo la idea de que el sistema está roto y, por tanto, todo vale en nombre del cambio.

El cambio no se construye desde la guerra, el miedo ni la depredación. Se construye desde posturas informadas, éticas y responsables, que rechacen el abuso de poder, y apuesten por un orden internacional más justo y verdaderamente respetuoso de la dignidad humana.

Por ello, también es importante reconocer que lo que ocurre hoy en las más altas esferas del poder global no es accidental ni meramente coyuntural. Se trata de un reflejo de la sociedad contemporánea, un reflejo de decisiones individuales que se gestan en los núcleos más pequeños y que luego se articulan y amplifican en los ámbitos de la gobernanza global.

Solo desde ese reconocimiento profundo podemos aspirar a transformar las estructuras que criticamos y asumir la responsabilidad colectiva que nos corresponde.

Finalmente, nada de lo anterior se puede lograr, sino existe la capacidad de rechazar ética y críticamente – de manera inidividual y especialmente colectiva- las injusticias globales desde donde vengan: Rechazar las graves violaciones a DDHH, rechazar el racismo, la xenofobia y cualquier otro tipo de discriminación, rechazar la misoginia, rechazar la pedofilia, rechazar los discursos supremacistas, rechazar el abuso de la fuerza y del poder. Y, al mismo tiempo, exigir: exigir la rendición de cuentas, exigir la verdad por más inalcanzable que parezca, exigir justicia.

Puede parecer solo un post más de una red social, un blog, una conversación, un libro, un artículo académico o periodístico quizá… No importa el ámbito, informarse importa y posicionarse importa. Rechazar importa. Asumir la responsabilidad colectiva importa. Y difundir y denunciar y exigir algo distinto a la guerra, el miedo y al abuso de la fuerza importa.

Como ha mencionado Martha Nussbaum en su obra La Monarquía del Miedo: «Somos vulnerables y nuestras vidas son proclives al miedo. Incluso en momentos de felicidad y éxito, el miedo va royendo los márgenes del interés por los demás y de la reciprocidad, alejándonos así de las otras personas y llevándonos a sentir una preocupación narcisista por nosotros mismos. El miedo es monárquico y la reciprocidad es democrática, por ello es un logro que cuesta mucho conseguir”. En este contexto, nuestra tarea es no permitir que el miedo justifique el abuso del poder y defender la reciprocidad de la Dignidad Humana, incluso cuando resulta incómoda o impopular, pero así lo son la mayoría de las responsabilidades éticas en nuestros tiempos.